Breve historia de la lata de conservas, una invención napoleónica

La época napoleónica alumbró inventos tan cotidianos como el lápiz de grafito, las ambulancias de campaña o la lata de conservas. Esta última creación contribuyó a prolongar la vida útil de los alimentos, democratizar su acceso seguro y facilitar su almacenamiento en viviendas y puntos de venta. Es un formato extremadamente versátil: salvo los lácteos, arroces, pastas y huevos, todos los alimentos pueden enlatarse y, por ello, en cualquier Tienda online conservas hay opciones para todos los gustos.

La historia de la lata de conservas empieza a fines del siglo dieciocho, cuando Napoleón Bonaparte ofrece doce mil francos a quien encuentre la forma de transportar alimentos sin corromperse. Conservar la comida era un desafío para los ejércitos de la época, y el por entonces emperador francés encontró la solución gracias al confitero Nicolas Appert: introducir alimentos en tarros de vidrio, sellar estos con cera y esterilizarlos con agua hirviendo.

Esta invención fue la simiente de la moderna lata de conservas. Inspirado por el éxito de Appert, el británico Peter Durand patentó la primera tin can de hierro forjado y estaño, precursora de la industria conservera que surgiría unos años después. Como anécdota, personalidades como el naturista Joseph Banks hicieron degustaciones públicas para disipar la desconfianza del público en la comida enlatada.

Sorprendente es el hecho de que el primer abrelatas retrasó su aparición casi medio siglo. Esta herramienta fue desarrollada por el estadounidense Ezra J. Warner, y aunque los primeros diseños eran muy imperfectos, ofrecían una alternativa a los martillazos y otros sistemas usados hasta el momento.

Como sucede al vino, las conservas aumentan su valor con el paso del tiempo. Las llamadas millésimé se cotizan a precios de escándalo en Francia. Dada su enorme durabilidad, la etiqueta de estos productos incluye una fecha de consumo preferente, no una fecha de caducidad. Se han abierto latas con más de cien años de antigüedad, sin el menor signo de putrefacción en su interior.