Hay lugares que se quedan grabados en la memoria no solo por lo que viste, sino por el ritmo que te imponen. Cada vez que miro hacia la boca de la ría en una tarde despejada y distingo el perfil recortado de la isla en el horizonte, me asalta la misma punzada de nostalgia. Tengo ganas de volver a visitar Ons, de subirme a la cubierta del barco, sentir el primer golpe de brisa salada en la cara y dejar atrás, aunque sea por unos días, el asfalto y las urgencias cotidianas.
Ons tiene un carácter muy distinto al de cualquier otro rincón de nuestras costas. No posee la postal pulcra y domesticada de otros destinos; su belleza es más áspera, más auténtica y profundamente atlántica. Recuerdo la primera vez que desembarqué en el muelle: el rumor pausado del agua contra las piedras, el olor a madera húmeda y esa sensación inmediata de haber cruzado una frontera invisible hacia un tiempo que no corre con prisa. Es esa sencillez primitiva la que hoy echo de menos con tanta fuerza.
Extraño recorrer sus senderos de tierra sin rumbo fijo, caminando entre matorrales bajos y helechos hasta alcanzar la cara occidental, donde la isla da la cara al mar abierto sin intermediarios. Nada se compara con asomarse a los acantilados del Buraco do Inferno, escuchar el bramido sordo de las olas colándose en las entrañas de la roca y sentir la fuerza con la que el viento te empuja hacia atrás. En ese punto exacto, con el océano infinito abriéndose al frente y las gaviotas suspendidas en el aire, cualquier preocupación que traigas de tierra firme se reduce a la nada.
También añoro la vida que despierta alrededor de O Curro a la hora de comer. El bullicio amable de las terrazas, el aroma inconfundible a pulpo recién hecho con su pimentón y su buen chorro de aceite, y la charla reposada mientras la tarde va cayendo sin que nadie mire el reloj. Pero, sobre todo, sueño con quedarme cuando zarpa el último barco de vuelta y la isla recupera su silencio absoluto. Pasear por la playa de Melide al atardecer, cuando la arena queda casi desierta y el faro empieza a lanzar sus destellos regulares sobre la ría, es una de esas experiencias que te limpian por dentro.
La rutina diaria termina por adormecer los sentidos con pantallas, reuniones y prisas artificiales. Por eso necesito regresar a Ons: para volver a escuchar el viento limpio, sentir el cansancio sano de haber caminado durante horas entre pistas de tierra y comprobar que todavía existen lugares donde el mundo sigue girando al compás de las mareas. Sé que no tardaré en sacar el billete; la isla sigue allí, esperando con su silencio de granito y espuma.