No importa cuántas veces mire hacia la ría, la silueta de las Islas Cíes siempre ejerce un magnetismo especial sobre mí. Esta mañana, con el cielo completamente despejado, decidí que era el momento perfecto para escapar del ritmo frenético de los proyectos y las pantallas. Me acerqué al puerto, tomé el barco y dejé que la brisa atlántica me despejara la mente mientras la ciudad se iba haciendo cada vez más pequeña. En apenas unos cuarenta minutos, estaba desembarcando en el Parque Nacional Cíes, un auténtico paraíso que tengo la inmensa suerte de tener a un tiro de piedra de casa.
Nada más pisar el muelle, el contraste de colores te deja sin aliento. El turquesa intenso y cristalino del agua choca con la arena blanca y finísima de la playa de Rodas. No es de extrañar que la hayan nombrado tantas veces como una de las mejores playas del mundo. A primera hora de la mañana, antes de que el sol apriete demasiado, pasear por la orilla es una experiencia casi mística. Por supuesto, me animé a meter los pies en el agua y, como es habitual en nuestro mar gallego, el frío te corta la respiración por un segundo, pero enseguida te llena de una energía revitalizante que no cambiaría por nada.
Después de un rato de relax en el arenal, me até bien las zapatillas y comencé la ruta hacia el Faro de Cíes. El ascenso, flanqueado por pinos y eucaliptos, es una maravilla para los sentidos. El olor a salitre se mezcla con el del monte, mientras el incesante graznido de las gaviotas patiamarillas te recuerda constantemente que este es su territorio salvaje, y nosotros solo somos unos invitados de paso. La subida en zigzag por la ladera requiere algo de esfuerzo, pero la recompensa al llegar a lo más alto es completamente indescriptible. Desde allí, asomado a los acantilados de vértigo en la cara oeste de la isla, sientes la inmensidad del océano Atlántico rompiendo con furia contra la roca viva. Es una vista que te encoge el corazón y te hace sentir minúsculo frente a la fuerza de la naturaleza.
La tarde la dediqué a bajar pulsaciones. Busqué un rincón tranquilo bajo la sombra de los árboles cerca del lago para comer, disfrutando de ese silencio particular que solo interrumpe el sonido del viento y el mar. Las Cíes tienen esa magia única de desconectarte de todo lo terrenal y conectarte de golpe con el ritmo pausado del entorno.
Ya en el catamarán de vuelta, con el atardecer tiñendo de naranja el cielo y el perfil de las islas recortándose como sombras en el horizonte, me invadió una profunda sensación de paz. Pasar un día en las Cíes no es solo una excursión; es una recarga de baterías absolutamente necesaria.